
Muerte en el Cerro Dragón
Lo que comenzó como un tranquilo paseo a los faldeos de Cerro Dragón se convirtió en pocos minutos en una experiencia macabra. Hace siete años, jóvenes del grupo de teatro Tiempos estaban en la zona para grabar la representación de la obra Jesucristo Superestrella. Uno de los jóvenes actores comenzó a remover piedras y crear parte de la ambientación del video.
De esta manera distinguieron entre las piedras un pantalón de mezclilla y un par de zapatillas negras. Al revisar con mayor detención se dieron cuenta que habían encontrado osamentas humanas.
El hallazgo ocurrió a las cuatro de la tarde del 21 de junio de 1999. Un par de horas después llegó carabineros y más tarde, personal de la Brigada de Homicidios, quienes lentamente procedieron a levantar el cuerpo.
Al día siguiente se entregó la identidad de la persona que fue encontrada bajo piedras en los faldeos de cerro Dragón. No fue difícil identificarlo porque se encontró la billetera y los documentos de identidad. Era José Cayo Henríquez, de 16 años, quien seis meses atrás había desaparecido desde su barrio en calle Tamarugal a la altura del 3900.
Su desaparición y muerte quedó archivada hace más de cinco años en el Tercer Juzgado del Crimen por falta de antecedentes. “Hubo un momento en que no se dieron más diligencias y las personas que podían entregar antecedentes prefirieron callar”, afirma Débora Henríquez, madre de José.
Han pasado casi ocho años y el recuerdo de su hijo sigue firme en su memoria, pero al mismo tiempo reconoce que el dolor tiene que guardarlo y que, en un momento de entereza, se dio cuenta que debía seguir adelante por sus hijos que viven con ella. “El dolor no desaparece, pero uno tiene que seguir adelante y no quedarse estancada”.
En este momento ya no espera nada de la policía o los tribunales.
Todas las semanas visita la animita de su hijo que marca el lugar donde fue oculto durante siete meses en los faldeos de Cerro Dragón. Sostiene que la animita ha crecido y que poco a poco, amigos y familiares de José han aportado para levantar sombrillas e instalar asientos, “como un pequeño hogar para él”.
Hace pocas semanas tuvo que enfrentar un problema, el camino de acceso está cerrado con una barrera y candado. Ahora tendrá que concurrir hasta las oficinas de la empresa sanitaria para conseguir permiso y pasar por el lugar y llegar hasta la animita de su hijo.
El recuerdo de José sigue firme. En su billetera mantiene fotografías de sus hijos. José era el mayor, luego le sigue Malu, de 22 años, y Diego, de 15 años, quien está en enseñanza media.
Débora Henríquez trabaja como asistente de párvulos en la Escuela Italia. Su jornada de trabajo comienza a las siete de la mañana y termina pasadas las 16 horas. Luego tiene el tiempo justo para asistir a clases. Está estudiando asistencia de párvulos en el Liceo Politécnico. Lleva dos años y aún le faltan dos para finalizar. Su agenda de trabajo es apretada. Llena de actividades entre el colegio, sus hijos y sus clases.
ACTIVIDADES
José también tenía una agenda apretada de actividades. Estudiaba en el liceo politécnico. Su deseo era terminar la enseñanza media. “El me decía que quería egresar de cuarto medio porque yo se lo pedía”, sostiene su madre. Luego de clases participaba en las actividades del baile religioso Los Morenos Hindúes y también era un activo participante de los grupos de catequesis y juveniles en la parroquia Santa Teresita. En más de una ocasión le dijo a su mamá que tenía intenciones de ingresar al seminario. Su vocación estaba por servir a Dios y abrazar la vida sacerdotal.
Por eso mismo, Débora no comprende qué fue lo que ocurrió la noche del 7 de diciembre de 1998 cuando José desapareció.
José Cayo no tenía enemigos o personas que deseaban hacerle daño. “No era conflictivo y tampoco se metía en problemas. No tenía muchos amigos y era bien cercano a la familia y a su casa. Su vida estaba en el baile religioso y en la parroquia”, sostiene su madre.
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